Brahe i Kepler. El misteri d'una mort inesperada

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Aquí tenemos un extracto del diario de Nat:

Sábado
13 de octubre de 1601
Palacio Curtius, Praga (fragmento)

Pero, aun con el placer que me produce observar todas esas cosas en mi habitación, nada es comparable a la satisfacción que obtengo cuando extraigo el alma de las hierbas, mezclo las sustancias de los frascos y las transformo hasta que mudan de color, de propiedad o, incluso, de estado.
El arte de crear sustancias que pueden curar me liga a una práctica tan antigua como la propia humanidad, una tradición que pasa de madres a hijas, de abuelas a nietas. Pero no fueron ni mi madre ni mi abuela quienes me la enseñaron; de hecho, yo no he tenido nunca familiares. Aprendí el uso de esas sustancias en Uraniborg, en el castillo del maestro Tycho.
Tanto él como sus asistentes eran conscientes de que, ya desde que era muy pequeña, me escapaba de la cocina, donde tenía mi sitio, y limpiaba los restos de ollas, calderos y sartenes para espiar sus quehaceres en el laboratorio. Aquel recinto era mucho más interesante que la cocina, donde siempre se oían gritos y jadeos. Me fascinaba cómo en el laboratorio los asistentes producían enormes columnas de humo sin que fuego alguno calentase los líquidos. Era magia, y yo, curiosa y descarada, quería conocer los secretos de aquel arte. De modo que un día, hará ahora más de seis años, cuando tenía 8, me planté frente al maestro Tycho, cuando salía del laboratorio, en Uraniborg:
—Quiero aprender —le solté.
Él bajó la vista y se percató de mi presencia.
—¿Y qué quieres aprender? —me preguntó con una sonrisa. Sabía que, aun con mi insignificancia, el maestro Tycho me tenía un cariño especial. Tal vez por eso me atreví a continuar.
—Quiero saber cómo se hace humo —le respondí flojito, con la mirada clavada en el suelo.
Su sonora carcajada resonó por todo el castillo. A partir de aquel día, dejé de fregar calderas de guisar en la cocina para pasar a limpiar alambiques de vidrio en el laboratorio. Y aprendí. Por las noches perfeccionaba mi pobre latín gracias a los libros que me dejaba Longomontano, y así podía seguir las conversaciones del maestro Tycho con los asistentes. Mientras limpiaba, no perdía un detalle de cuanto ocurría en el laboratorio, y con el tiempo me convertí en su ayudante. Finalmente, yo también fui capaz de hacer humo.
El maestro Tycho seguía a distancia mis progresos. Cuando su hermana, la señora Sophia, pasaba temporadas en el castillo, me enseñaba el secreto de las hierbas y me explicaba el modo de extraerles el poder. Hará unos cuatro años, justo antes de nuestra marcha forzada de Dinamarca, el maestro Tycho me confió la llave de la alacena y, con ella, la responsabilidad de aliviar los males de los habitantes de su casa.

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Si el fragmento anterior os ha sabido a poco, en la página web de Editorial Bambú encontraréis un enlace al primer capítulo de la novela, así como un archivo de audio para escuchar la narración: Brahe y Kepler en Bambú lector.

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